Del bullicio al silencio: cómo es ser monja de clausura en pleno siglo XXI
Sor Marilina ingresó hace 26 años a un monasterio de Villa Luzuriaga y fue la última en sumarse. Entre las rejas y la oración, relata cómo encuentra la felicidad en la renuncia y la entrega absoluta a la fe.
Por Martina Gil*
Pasar del bullicio de la calle al silencio casi sepulcral dentro del monasterio es una experiencia en sí misma. Al cruzar el portón y pisar el hall principal, el cambio de atmósfera es tajante: el aire frío y la quietud absoluta se sienten en la piel. Allí, en una sala austera dividida por barrotes de hierro llamada "locutorio", está Sor Marilina de la Trinidad. Es el único lugar donde tiene permitido recibir visitas.

Marilina tiene 52 años y es una de las nueve monjas dominicas de clausura que viven en el Monasterio Santa Catalina de Siena, ubicado en la localidad de Villa Luzuriaga, partido de La Matanza. Ingresó en el 2000 y fue la última que se sumó a la institución desde entonces. “El tema de las vocaciones está complicado. Estamos trabajando al respecto, pero es difícil”, reconoce con serenidad.
Nacida en una familia “creyente” de Ramos Mejía, su camino hacia el claustro fue un desprendimiento progresivo. A los 24 años hizo un voto privado de castidad como laica para tantear el terreno espiritual. “Quería saber lo que se sentía entregarme por completo a Dios, pero me daba cuenta de que era un momento de transición, de que había algo más”, relata. Dos años después, renunció a su empleo secular, dejó su casa materna y decidió dar el salto definitivo a este nuevo estilo de vida.
Dentro del convento, el tiempo no lo marcan las urgencias externas sino el tañido de una campana. La jornada arranca a oscuras, a las 5.10 de la madrugada. Media hora más tarde, todas las hermanas ya están en la capilla entonando salmos y oraciones. Luego celebran la misa matutina junto a la comunidad, desayunan y cambian sus hábitos por delantales de trabajo, siempre procurando conservar el silencio. El resto de las horas oscila entre ensayos de cantos litúrgicos, estudio teológico en la soledad de sus “celdas” y breves recreos en que caminan por el parque interno e interactúan entre sí.

A través de las rejas
Los encuentros con la familia se dan una vez al mes y siempre dentro del “locutorio” de visitas, separados por las rejas. Solo en circunstancias especiales, como problemas de salud de algún familiar, se les puede otorgar un permiso para salir a verlos.

El mundo exterior
Sin embargo, vivir en la clausura no implica un desentendimiento total del mundo exterior. Si bien no tienen celulares personales, pueden usar algunos con finalidades comunitarias, como hacer pedidos de alimentos o medicamentos o el manejo de su cuenta de Instagram para difusión de actividades.
También se relacionan con la comunidad del barrio aledaño: “A veces nos piden alguna cosita. Cuando no tienen agua les abrimos la reja de la entrada y sacan de ahí, nos piden oraciones. Tratamos de colaborar con ellos desde donde podemos”, explica.
Este vínculo con el exterior también se refleja en cómo se sustentan económicamente. Las monjas se dedican a la elaboración artesanal de hostias que venden a librerías católicas y a parroquias de la zona, e incluso han enviado encomiendas a distintos lugares del país. Sor Marilina se entusiasma al contar el paso a paso del proceso y destaca que “es muy lindo pero lleva mucho tiempo”.

Vivir sin ruidos
En estas más de dos décadas que lleva en el monasterio, cuenta Marilina, no faltaron algunas “noches oscuras” en las que cuestionó el camino elegido. “He tenido algunos tiempos de incertidumbre que duraron bastante, un par de años de oscuridad. En esas situaciones hay que esperar, buscar ayuda y tener paciencia: no son momentos en los que uno tiene que tomar decisiones”, reflexiona.
No siente esa introspección y el silencio en el que habita como un vacío o un castigo, sino todo lo contrario. “El silencio es bellísimo. Y es importante no solo para una monja, sino para cualquier ser humano: es como respirar”, dice con una sonrisa. Y agrega: “A la vez, puede ser terrible, porque al abismarnos en él emerge la realidad en la que estamos viviendo, y ahí podemos encontrar tanto cosas lindas como nuestras broncas o enojos”.
“El corazón de los seres humanos está en crisis. No solo acá en Argentina, sino en todo el mundo -advierte-, porque hay mucho ruido, demasiado celular, pero el problema es que se trata de un ruido vacío”.

Al volver a cruzar las rejas, esta vez hacia afuera, el ruido del Conurbano vuelve a hacerse presente: los colectivos, las bocinas, el apuro de una tarde cualquiera en Villa Luzuriaga. Adentro, el portón se cierra y queda la certeza de que, mientras la ciudad corre sin pausa, en ese rincón de La Matanza hay nueve mujeres que encontraron su vocación renunciando a todo lo demás.
*Estudiante de la Licenciatura en Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM), en el marco del Taller de Gráfica VI
