Entre gritos de gol y cuentos para dormir
Son las nueve y media de la noche de un lunes invernal de 2026 y el Club Cultural Juventud de Tapiales parece dormido...
Imagen ilustrativa realizada con la IA Gemini
Es 25 de mayo de 2017, Martina espera en la tribuna. Tiene cinco meses y lloriquea porque quiere tomar teta. Del otro lado de la línea del lateral, el partido sigue su curso. La pelota va de un arco al otro, se escuchan gritos, indicaciones y el ruido de las suelas de los botines contra el parquet. En medio de ese torneo relámpago, Soledad Donatiello mira de reojo, le hace un gesto con la mano al entrenador y sale de la cancha.
Cruza hasta donde está sentada la familia con la respiración todavía agitada, se acomoda en uno de los escalones de cemento y la amamanta mientras el encuentro continúa.
Cuando Martina termina de ser amamantada, Soledad se acomoda la camiseta, se pone de pie y regresa a jugar.
Nadie la aplaude. Nadie interrumpe el partido.
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Son las nueve y media de la noche de un lunes invernal de 2026 y el Club Cultural Juventud de Tapiales parece dormido.
El buffet está cerrado, las luces de la pileta permanecen apagadas. Apenas se distinguen algunas sombras detrás de los alambrados, la única iluminación fuerte sale de la cancha.
Soledad espera en la puerta. Lleva su pelo rubio y largo atado en una cola alta. Es de estatura media y habla rápido. Mientras conversa mueve las manos todo el tiempo. Cuando sonríe se le forman pequeñas arrugas alrededor de los ojos. No necesita levantar la voz para que las compañeras la escuchen.
Profesora de Educación Física, 45 años, hace nueve años que el Cultural forma parte de su rutina. Tiene dos hijos: Pedro, de trece años, y Martina, de nueve. Mientras camina hacia la cancha, varias jugadoras la saludan, las chicas ya están entrenando, algunas hacen ejercicios de pases, otras trotan alrededor de la cancha. El ruido de las pelotas rebota contra las paredes.
Soledad observa unos segundos y enseguida aparece su personalidad de capitana, aunque no lleve cinta.
—Abrite un poco y volvé por atrás.
Cuando llegó al club en 2017, el futsal femenino era mucho más pequeño. Había pocas jugadoras. Apenas un puñado de chicas sostenían una actividad que todavía buscaba crecer: hoy son más de cien.
"Primero organizo las actividades de mis hijos, qué van a comer, a qué hora salen del colegio, luego me organizo con mi entrenamiento", explica.
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Soledad corre entre conos con la pelota, mientras que, del otro lado del arco, Ana Pécora se acomoda los guantes antes de recibir otro remate. Tiene 22 años y hace cuatro meses que defiende el arco del Cultural. Habla más despacio que Soledad y piensa cada respuesta antes de decirla.
—¿Qué te puedo contar sobre mí? Soy mamá de Noah, tiene tres años y yo 22. En este club encontré compañerismo.
Mientras habla permanece sentada en una de las gradas, tiene el teléfono en la mano y cada tanto mira la pantalla. Del otro lado hay una parte importante de su vida, Noah.
—La maternidad aparece en mis decisiones, de eso depende que venga a un entrenamiento. Muchas veces falto porque no tengo con quién dejarlo. Mi hijo llora cuando me voy y me da culpa, pero, si una no hace lo que le gusta, se pierde siendo mamá.
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Son las ocho y media de un miércoles. En una casa de San Justo, Ana mira por última vez la mochila que dejó preparada junto a la puerta. Las canilleras están adentro, también la botella de agua y los guantes de arquera. A las nueve empieza el entrenamiento.
Noah, su hijo de tres años, ya entiende lo que significa verla con ropa deportiva.
—¿Te vas?
—Sí, pero vuelvo en un rato.
El papá lo levanta en brazos para distraerlo, pero Noah empieza a llorar igual, estira los brazos hacia ella, quiere que se quede. Durante unos segundos Ana duda, la mochila sigue colgada, afuera la noche avanza y el entrenamiento está por empezar.
Elige ir a entrenar, necesita distraerse un rato; el equipo la espera. Viajará desde San Justo hasta Tapiales y, en esa media hora de trayecto, se quedará pensando en Noah que quedó llorando en su casa.
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Después de atajar otro remate, Ana sale del arco para tomar agua. A unos metros de la portería está Gisela Beatriz Lobo Ramírez. Acomoda a Derek, su hijo de dos años, sobre unas frazadas extendidas en la tribuna, que por un rato se convierte en una cuna.
Mucho antes del Cultural, de Argentina y de la maternidad, Gisela corría descalza detrás de una pelota en su pueblo natal, Tarma Huaripampa, un pueblo de Perú ubicado a 3.276 metros sobre el nivel del mar.
Era una nena de nueve años que jugaba con los chicos de la primaria durante los recreos. El tiempo de descanso siempre le resultaba corto. Arrancaba el picado y ella elegía jugar descalza porque no podía darse el lujo de estropear los zapatos.
Recuerda que por entonces dos botellas de plástico hacían de arco y que algunas ramas marcaban los límites de la cancha. Hoy esa niña que corría descalza y despeinada cumplió 37 años. Desde hace 16 que vive en Argentina y es madre de tres hijos: Ximena, de 15 años; Evans, de doce; y Derek, de dos.
Llegó al Cultural hace cinco años por Ximena, que heredó el amor por el deporte: sus amigas del colegio entrenaban en el "Cultu" y no quiso quedarse afuera. Al principio, Lobo Ramírez solo iba a ver entrenar a su hija, pero la pasión por la pelota la superó y tres meses después empezó a entrenar.
-En Argentina las canchas son hermosas, en Perú es todo más complicado. Las chicas solo pueden jugar los fines de semana, acá te podés dar el lujo de entrenar un miércoles, un jueves. Un día particular que no sea sábado o domingo.
Mientras cuenta su historia dentro de la cancha del Cultural, la voz de su hijo Derek interrumpe el relato. Ella lo saca de la cuna improvisada y se va al patio destechado del club para amamantarlo. Afuera hace frío, Derek no se da cuenta, ya que Gise lo tapa con dos frazadas.
-Hay momentos que sólo quiere estar conmigo. La semana pasada se enfermó y tuve que faltar a los entrenamientos. Yo termino agotada, soy un ser humano. Durante el embarazo de él seguí jugando.
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Es 25 de junio de 2023, Gisela tiene que jugar contra Sacachispas, es el partido más importante del Cultural, si ganan quedan en el primer puesto y si mantienen este ritmo pueden ganar el campeonato.
Juega de pivote, recibe de espaldas, aguanta la marca, protege la pelota con el cuerpo. La cancha es un ida y vuelta constante, con golpes cortos, giros rápidos y choques que no dan tiempo a pensar demasiado.
En una jugada rápida recibe en el área, controla, gira y define abajo. Gol. El festejo le sale antes que cualquier pensamiento, cruza la cancha, busca la tribuna con la mirada y levanta los brazos. Evans y Ximena están ahí.
El partido termina 3 a 2 con victoria para el Cultural. A Gise no se le borra la sonrisa, las compañeras la felicitan y la abrazan, sin embargo, el cuerpo le está pidiendo ayuda. Hace unos días está con náuseas. Sin dudarlo mucho, se seca la transpiración, guarda la camiseta en un bolso, luego se pone ropa cómoda y desde Tapiales se va a la clínica de Vélez Sarsfield junto a su marido y sus dos hijos.
Siente que algo no está bien, insiste con que puede ser sólo agotamiento, algo del esfuerzo acumulado. El médico que la atiende se sonríe mientras le hace una ecografía.
—¿Hace cuánto te sentís así?
—Hace unos días.
—¿La fecha?
Gisela intenta hacer memoria.
—El cansancio que vos decís tiene dos patitas.
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El entrenamiento termina, las jugadoras empiezan a guardar sus cosas, las luces de la cancha siguen encendidas, todo lo demás permanece oscuro. Soledad guarda las pelotas en bolsas, Gisela se saca los botines para ponerse las zapatillas y Ana se sienta en las gradas a conversar con sus compañeras.
-Hoy se puede competir sin que nos digan "Cachitos" y nos respeten, cuando jugaba fútbol 11 en Almirante Brown no podíamos usar la cancha oficial. Para el día del padre suelen suspender las actividades del club, para el Día de la Madre, no.
Cuando las jugadoras quieren salir, descubren que la puerta que da a la calle está cerrada. Durante unos minutos permanecen atrapadas, pero ninguna parece demasiado preocupada. Gise está con Derek en brazos, Sole con los botines en las manos y Ana mandando mensajes al papá de Noah. Después de todo, están acostumbradas a resolver imprevistos.
Un rato más tarde aparece un hombre con un camperón de Racing. Viene caminando desde la calle. Dice que vive cerca, es el encargado de abrir y cerrar esa puerta. Busca las llaves, gira la cerradura y la puerta finalmente cede.
Las jugadoras salen en manada, algunas caminan juntas varias cuadras antes de separarse. Soledad abre el baúl de su auto y guarda el bolso, Ana va a esperar el colectivo y a Gisela la aguarda su marido con su hija en una camioneta blanca. En pocos minutos el club vuelve a quedar vacío. Mañana habrá colegio, trabajo, compras, ropa para lavar, tareas y comidas por preparar. De todas formas, el lunes que viene volverán a estar acá.
Texto elaborado por Camila González, estudiante de la Tecnicatura en Periodismo Deportivo Integral de la Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM).
Materia: Taller de Narrativas y Contenidos Gráficos V
Docentes: Marina Zucchi y Jorge Comadina
