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El 18 de febrero, Alberto Aranda, vecino catanense de 39 años, disfrutaba del verano en la ciudad correntina de La Cruz. Había llegado el día anterior, junto a su padre, un hermano y un sobrino, para pasar el Carnaval.
Pero, sin que lo notaran, se sumergió en el río Uruguay y desapareció. Pese a la búsqueda de Prefectura, su cuerpo, ya sin vida, emergió casi 24 horas después.
“Fue terrible, vivimos momentos muy feos... porque, una vez que apareció el cuerpo, vino lo peor: tuve que hacer de sepulturero de mi hijo”, evoca Marcos Aranda.
La muerte, otro comienzo
Luego, en el hospital de La Cruz, certificaron la muerte de Alberto Aranda, cooperativista del programa Argentina Trabaja. Como el cadáver no estaba hinchado, desecharon la hipótesis de muerte por ahogo y sugirieron que, previamente, habría sufrido un paro cardiorrespiratorio.
Sin embargo, no se realizó autopsia: tuvieron que trasladarlo más de cien kilómetros hasta Paso de los Libres, porque el pueblo no tiene médico forense. “Pusieron el cuerpo en una bolsa, lo tiraron en una camioneta policial sin cúpula y metieron dos bicicletas a los costados”, recuerda su padre.
Al llegar, el médico forense de Paso de Los Libres le informó que no tenían cámara frigorífica y que había que esperar tres días para efectuar la autopsia.
Entonces, para evitar que el cuerpo de su hijo quedara sobre una mesa hasta descomponerse, su padre firmó “unos papeles” y se lo llevó con la intención de regresarlo.
De nuevo en La Cruz, el cadáver quedó en el piso de una habitación. “Ya estaba levantando olor y las moscas lo rondaban”, según Marcos. Entonces, compraron un cajón para que el cuerpo resistiera los casi 800 kilómetros que lo separaban de La Matanza.
“Mi marido y mis otros hijos metieron el cuerpo, ya que la cochería no envió personal. Pero, como se seguía hinchando, no entraba”, repasa la madre del difunto, Olga Franco. A fin de cuentas, un carpintero hizo un ataúd a medida, y padre, hermano y sobrino volvieron a encargarse de colocar el cadáver -aun estaba cubierto por la bolsa de rescate- y lo llevaron al cementerio local.
“Si cuentan con plata para hacer el Carnaval, pueden comprar una cámara de frío, porque mi hijo no debe ser el primer muerto en el pueblo”, lamenta la madre. “No tengo un lugar dónde poner una flor en su memoria ni el dinero suficiente para traerlo”, reclama.
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