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Los dos Chávez

El líder bolivariano ya no está y la historia, según quién la cuente, recordará a uno de los dos Chávez que proféticamente describió García Márquez hace 14 años. No son muchos los líderes políticos que logran tamaña reacción en su pueblo y, más aún, en pueblos vecinos y foráneos.

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2013-03-07
Por María Laura Carpineta Periodista de Política Internacional Poco antes de asumir la Presidencia venezolana por primera vez, Hugo Chávez compartió un vuelo entre La Habana y Caracas con el escritor colombiano Gabriel García Márquez. El Premio Nobel de Literatura había leído sobre él y se lo había cruzado en la isla, pero era la primera vez que realmente podía hablar con él y llegar a conocer al hombre, al militar, al idealista, al político. Al bajarse de ese avión se quedó sólo, con una sensación: “Me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más” (La nota completa se puede leer en http://www.revistaanfibia.com/cronica/el-sol-de-tu-bravura). Hoy, 14 años y tres presidencias después, esos dos Chávez aún pugnan en las tapas de los diarios y en los perfiles que repiten hasta el cansancio los medios argentinos e internacionales. Es imposible seguir hablando de un déspota, si se reconoce la democracia plebiscitaria a la que el líder bolivariano se sometió una y otra vez. Por eso diarios como Clarin, El País de España y The New York Times de Estados Unidos eligen describir su legado como una democracia débil, corrupta y simpatizante del ya anacrónico Eje del Mal, con una economía al borde de la crisis. Recuerdan sus exabruptos, sus momentos más mediáticos, sus peleas con el establishment, la inflación y el cepo al dólar. El otro Chávez, en tanto, el que tuvo la “oportunidad de salvar a su país”, se refleja en los medios que prefieren recordarlo en las lágrimas y las expresiones de dolor de los miles de venezolanos que por estos días inundan las calles para dar su último adiós al hombre que cambió para siempre a su país y a la región latinoamericana en su conjunto. Ignorar o subestimar esa marea humana roja que se mece por las calles de Caracas no es sólo injusto, es un acto de deshonestidad intelectual. No son muchos los líderes políticos que logran tamaña reacción en su pueblo y, más aún, en pueblos vecinos y foráneos. Sus discursos, su sentido del humor y su irreverencia ante las potencias occidentales son bien conocidos, pero sin dudas se necesita más que eso para ganarse el profundo respeto y amor de la mayoría de los venezolanos y de buena parte de los latinoamericanos. Primero, los números. Antes de asumir el gobierno, un 26 por ciento de los venezolanos estaba atascado en la pobreza extrema, el 15 por ciento de los trabajadores estaban desempleados y del resto, la mitad trabajaba en negro; y cuatro millones y medio de los 23,8 millones de habitantes del país no tenían documento de identidad, o en otras palabras, no existían para el Estado venezolano. Según cifras de un informe del Center for Economic and Policy Research con sede en Washington DC, desde que Chávez tomó control de la empresa nacional petrolera PDVSA en 2003, el PBI real se duplicó en los primeros seis años, la pobreza se redujo a la mitad y en casi tres cuartos los niveles de pobreza extrema, y el desempleo cayó al siete por ciento. (Para acceder al informe: http://www.cepr.net/documents/publications/venezuela-2009-02_spanish.pdf). No hay un índice social que no haya mejorado en los últimos 14 años en Venezuela. La deuda pública bajó sustancialmente, el gasto social creció de manera sostenida año tras año y todos los venezolanos fueron incorporados como ciudadanos. Se expandió el sistema de salud y de educación entre los sectores más postergados, y se los insertó desde el transporte, la ayuda social y la militancia al resto de la sociedad. Los detractores del chavismo, venezolanos pero también argentinos, latinoamericanos, estadounidenses y europeos, se quejan de que las políticas que produjeron la mayor transformación social de la historia de Venezuela trajeron aparejadas una corrupción galopante, inflación muy alta y un cepo del dólar -que supone cuotas anuales y un dólar paralelo-, y cuestionan la dependencia alimentaria con el exterior que el proyecto bolivariano no logró romper. Todas ellas son críticas que se anclan en la realidad, pero en una realidad recortada y que ignora u olvida la situación nacional previa al chavismo. Olvidan o ignoran por ejemplo la explosión social conocida como el Caracazo, cuando cientos de miles de personas tomaron las calles contra un gobierno que acataba las órdenes del FMI y aumentaba los precios de los servicios públicos, los alimentos y el combustible, al mismo tiempo que liberalizaba el sistema financiero y garantizaba la libertad total de los capitales. La reacción de la gente fue inmediata e inesperada, y la represión, indiscriminada. El entonces gobierno de Carlos Andrés Pérez, altamente respetado por Estados Unidos y Europa, reconoció 300 muertos; los manifestantes denunciaron que fueron cerca de dos mil personas. La masacre fue evidente, pero ninguna potencia u ONG puso en duda la vocación democrática de Carlos Andrés Pérez, ni hubo una campaña mediática internacional abogando por los derechos políticos en Venezuela y advirtiendo sobre el porvenir de las instituciones democráticas del país andino. El mismo recorte de la historia imponen los medios argentinos y latinoamericanos cuando acusan a Chávez y a sus socios políticos –Cristina Fernández, Evo Morales, Rafael Correa, Pepe Mujica, etc- de aislar a la región, aliándose a los líderes que encabezan las listas negras de las potencias occidentales: el iraní Mahmud Ahmadinejah, el sirio Bashar al-Assad y hasta Fidel Castro. Sin embargo, América latina pocas veces ha gozado del protagonismo internacional que tiene hoy. Las razones son varias: Brasil se ha convertido en una potencia en ascenso, pero principalmente la región es una de las pocas zonas del mundo que combina crecimiento económico, abundancia de recursos naturales, estabilidad política (con la excepción de Paraguay y Honduras en los últimos años) y paz y buen diálogo entre los países vecinos. Chávez es innegablemente uno de los principales responsables de la integración y el desarrollo que vive la región hoy. No es necesario ahondar en lo que los medios repitieron en estos días: la histórica alianza entre Néstor Kirchner, Lula y Chávez que se enfrentó al ALCA, el proyecto neoliberal de George Bush hijo para América latina, en la Cumbre de las Américas en Mar del Plata en 2005; la creación de la UNASUR, que en 2008 demostró que la región podía solucionar sus diferencias y hasta frenar una escalada militar sin el paternalismo y la mediación de Estados Unidos; y el desarrollo de la cooperación sur-sur, en la que se enmarcó por ejemplo la asistencia energética venezolana a países como la Argentina, el establecimiento de misiones de médicos y maestros cubanos, primero en Venezuela pero después en otros países vecinos; la asistencia de técnicos argentinos para el sector agrícola venezolano y la lista continua. Chávez pudo impulsar su proyecto latinoamericano porque encontró socios en Argentina, Bolivia, Ecuador, Brasil, Uruguay, Paraguay, Nicaragua y Honduras que compartieron su mirada regional. Ese proyecto no murió con Chávez, pero sí perdió una de sus caras más reconocidas en el mundo. El polifacético líder venezolano se había convertido en un referente obligado del anti-imperialismo en lugares tan lejanos y ajenos a la idiosincrasia latinoamericana como Medio Oriente, África y hasta Asia. Esto puede parecer superfluo o anecdótico a algunos, pero Chávez fue uno de los líderes de la región que más insistió en la idea de solidaridad sur-sur, la idea de que América latina se vuelva a entender a si misma como un aliado natural de los países empobrecidos y subdesarrollados de África, Medio Oriente y Asia. Como escribió en un texto dirigido a la Tercera Cumbre América del Sur – África hace apenas un par de semanas: “Nos une un presente de lucha por la libertad y definitiva independencia”. El líder bolivariano ya no está y la historia, según quién la cuente, recordará a uno de los dos Chávez que proféticamente describió García Márquez hace 14 años. Es inevitable y por eso Lula, hoy líder admirado por la centro-izquierda estadounidense y europea, intentó explicar en una columna en The New York Times quién fue Chávez, más allá de las controversias y los estereotipos mediáticos: “Ninguna persona remotamente honesta, aún su más feroz opositor, puede negar el nivel de camaradería, de confianza, y hasta de amor que Chávez sintió por los pobres de Venezuela y por la causa de la integración latinoamericana”.